EN MANOS DE TRUMP

Cartón editorial sobre la influencia de Donald Trump en México y la relación entre ambos países

Desde la Cancha

Por Demetrio Sodi

Es paradójico, pero el gobierno que más habla de defender la soberanía es el que ha hecho más vulnerable a México en su relación con Estados Unidos. Nunca antes nuestra economía, la seguridad y la política nacional habían dependido tanto de las decisiones del gobierno estadounidense.

El Tratado de Libre Comercio que durante muchos años fue una fortaleza, porque daba certidumbre y confianza de largo plazo a nuestra economía, hoy se ha convertido en uno de los principales factores de riesgo para invertir. La responsabilidad de este cambio no es exclusivamente de México: es, en buena medida, consecuencia de la llegada de Donald Trump, quien considera que México es responsable de buena parte de la desindustrialización de Estados Unidos.

Su negativa a prorrogar por 16 años el tratado ha generado incertidumbre para inversiones que requieren largos periodos para recuperar el capital. No creo que esta negativa tenga que ver con otros asuntos ajenos al comercio y la economía, pero es evidente que la tensión entre ambos gobiernos influye en el ánimo de la negociación.

Nunca, en los últimos 50 años, la relación entre los gobiernos de México y Estados Unidos había sido tan tensa y distante. Han pasado casi dos años del gobierno de Claudia Sheinbaum y, hasta ahora, la presidenta no ha tenido una reunión bilateral con el presidente del país vecino, salvo su presencia en la final de la Copa del Mundo. Nunca como ahora han existido tantos asuntos urgentes que tratar y, sin embargo, la relación entre ambos mandatarios se ha limitado prácticamente a llamadas telefónicas.

Pienso que la presidenta ha preferido evitar el contacto directo debido a la complejidad de la relación actual y, también, a la particular forma de actuar de Trump.

Más allá de la economía y a pesar de los resultados obtenidos en el combate al narcotráfico, la presión del gobierno estadounidense para perseguir a las cabezas de la delincuencia no tiene precedentes. La oferta de 102 millones de dólares en recompensas es apenas una muestra de que Washington espera resultados mucho más contundentes en el corto plazo.

Por un lado, felicitan a García Harfuch; por el otro, cuestionan la protección que, según sus señalamientos, políticos mexicanos brindan a esos grupos. Lo cierto es que la fuerza que los cárteles mexicanos han adquirido en nuestro país, en Estados Unidos y en otras partes del mundo difícilmente puede explicarse sin la protección y complicidad de políticos mexicanos de alto nivel.

La negativa de la presidenta Claudia Sheinbaum a extraditar al nuevamente gobernador Rubén Rocha y al senador Enrique Inzunza, así como la pasividad del gobierno estadounidense frente a esa decisión, son asuntos que nadie termina de explicar y que, sin embargo, pueden explotar en cualquier momento.

La decisión de Rocha de retomar la gubernatura puede ser interpretada por el gobierno de Estados Unidos como una provocación. De ahí, probablemente, la reacción del gobierno, del partido y de prácticamente todas las figuras de Morena para deslindarse de esa decisión.

La única explicación lógica de que Rubén Rocha haya decidido regresar a la gubernatura sin consultar con la presidenta ni con el partido es que buscó recuperar el fuero. Esta decisión, al igual que la carta de Andy López Beltrán en protesta por la cancelación de su visa, pone en evidencia la debilidad política de la presidenta.

No creo que, al igual que en el caso de Rocha, Sheinbaum hubiera estado enterada de la carta de Andy ni que la hubiera aprobado dadas las circunstancias que atraviesa la relación con Estados Unidos. Ninguna de las dos acciones ayuda. Por el contrario, tensan aún más la relación y pueden ser interpretadas como una provocación.

Pero hay algo más: tanto la carta de Andy como la reincorporación de Rocha exhiben una falta de operación política en el gobierno. No solo porque la presidenta aparentemente no estaba enterada, sino por la forma en que se manejaron ambos episodios después de ocurridos.

Convertir la carta de Andy en un supuesto atentado de Estados Unidos contra nuestra soberanía resulta desproporcionado. Lo mismo ocurre con lanzar a prácticamente todo Morena contra Rubén Rocha. Dicen que en política la ropa sucia se lava en casa. En este caso, haber movilizado a las fuerzas de Morena para descalificar al gobernador muestra, por una parte, que alguien pudo haberle aconsejado retomar el cargo y, por otra, la necesidad del gobierno de deslindar a la presidenta de esa decisión para evitar un conflicto mayor con Washington.

No sé si detrás de ambas acciones —la carta de Andy y la reincorporación de Rocha— esté la mano de López Obrador. Pero, de ser así, el gobierno de Sheinbaum estaría políticamente rebasado y la presidenta atrapada entre su lealtad al expresidente y la necesidad de evitar un choque con Estados Unidos.

Hoy, de una decisión de Trump sobre el futuro del tratado, de la presión estadounidense para perseguir a las cabezas del narcotráfico y de las extradiciones y posibles investigaciones contra políticos relacionados con esos grupos dependen, en buena medida, nuestra economía, la seguridad interna y hasta el futuro de la política nacional.

Esa es la paradoja: el gobierno que más invoca la soberanía ha terminado colocando a México en una posición en la que demasiadas decisiones sobre nuestro futuro se toman fuera de México.

Y, nos guste o no, muchas de ellas están hoy en manos de Trump.

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